Sip, Gibreel me desafio a contar mis extrañezas:
* Cuando me esfuerzo en lo que estoy haciendo tiendo a hacer morisquetas con la cara, la lengua sale de la boca juega en la comisura de los labios...
* Como me molesta a horrores mi mano izquierda, porque no sé para que usarla, cuando trabajo la coloco a mi espalda, para no verla...
* Se me pegan todos las extrañezas que escucho decir, y las repito porque me divierte usarlas, lo que hace que sea dificil a veces entender qué estoy diciendo...
* Tiendo a usar ropa de invierno en verano y de verano en invierno, por lo que me muero de calor cuando hace calor y de frio cuando hace frio. Por mucho que me esfuerzo no puedo cambiar esto :( ...
* Me gusta andar descalzo, siempre, aunque hagan temperaturas bajo cero...
He cumplido el desafio.
30.1.06
25.1.06

Eres lo que mas quiero en este mundo, eso eres,
mi pensamiento mas profundo, también eres,
tan sólo dime lo que hago, aquí me tienes.
Eres cuando despierto lo primero, eso eres,
lo que a mi vida le hace falta si no vienes,
lo único, preciosa, que mi mente habita hoy.
Qué mas puedo decirte,
tal vez puedo mentirte sin razón,
pero lo que hoy siento
es que sin ti estoy muerto, pues eres
lo que mas quiero en este mundo, eso eres.
Eres el tiempo que comparto, eso eres,
lo que la gente promete cuando se quiere,
mi salvación, mi esperanza y mi fe.
Soy el que quererte quiere como nadie soy,
el que te llevaría el sustento día a día,
el que por ti daría la vida, ese soy.
Aquí estoy a tu lado
y espero aquí sentado hasta el final.
No te has imaginado lo que por ti he esperado, pues eres
lo que yo amo en este mundo, eso eres,
cada minuto en lo que pienso, eso eres,
lo que más cuido en este mundo, eso eres.
Cafe Tacuba
Feliz cumple Pdi!
23.1.06
15.1.06
bajo el calor el mundo se evapora

Bajo el calor el mundo se evapora. Un cangrejo
me pellizca el talón. Abandono la lectura y te miro
nadar. Otro cangrejo hace cosquillas
en mis pies bajo el agua. Dejo el libro
en donde no se moje y me zambullo
para abrazarte. Rápida venís, asustada
porque no sé nadar bien, y me empujás
contra las defensas del río. Ahí estas tranquila
y mirándome a los ojos te sumergís de nuevo
para salir pegada a mi cuerpo.
Y mientras tus brazos me aprietan más
contra las bolsas de arena
vas acercando tus labios a los míos.
9.1.06
los angeles cambian plumas en primavera
Sola y temblando te encuentro con los ojos tan abiertos que se me ocurren personas, con el cuerpo que forma un nudo audaz. Temo. ¿Lo habías visto? ¿Hiciste lo que no se debe? ¿Viste el ángel de frente? El frío y la sensación de ausencia que te rodean no me ayudan a imaginar nada bueno.
Me acerco esperanzado en que sólo sea un sueño tu encuentro con el ángel. ¿Cuántas veces te habíamos advertido del peligro? Infinitas. No escuchaste, no comprendiste el riesgo.
Me siento culpable. Hace dos horas uno de ellos detuvo su vuelo sobre la plaza del Sol. Aterrizó en el anfiteatro y agitó con fuerzas sus alas, dejando escapar viejas plumas. Los niños -que nada saben de estas cosas- corrieron jugando a recogerlas. Sus madres los retaron. Ví que algunos escondían en sus ropas astutamente los restos del grandioso plumaje. Por fortuna el cuidador juntó las que quedaban en bolsas de las que van directo a los crematorios. Era hermoso ver como hacía para introducir plumas naranjas, amarillas, azules, verdes y rojas sin tocarlas. Lo bello de la escena me extasió, olvidándome. Un olvido pasajero, mucho menor al de las miradas y los besos. Cuando me recordé una hora había pasado y el aire estaba poblado de ángeles. Te busqué para rescatarte, sé lo ingenua que sos, ingenua hasta el punto de descender por el ojo del ángel hasta el olvido. Y ya ves, tenía razón, lo habías visto.
Entro mi mirada en la tuya y, como esperaba, veo que no estás. La no-existencia te ha capturado, no sabés de palabras, de silencios, de plumajes. No vivís más que tu cuerpo sin sentir. Tu alma dá al vacío esencial.
Invento una solución. Te abrazo, te beso, te transmito el calor de mi vida pero vos continuás fría. Sonrío pero seguís ciega a mis sensaciones. Tus ojos no son semillas y contemplan las sombras de lo que será sin saberlo.
Traigo un espejo. Lo coloco frente tuyo para que te veas. La ausencia de esencia te carcome. Me desespero.
Busco el ángel que te olvidó. Lo encuentro a la entrada del cine, despegando las sombras de sus dueños. Tiemblo. El introduce extrañas melodías en mi mente, tratando de confundirme. Cierro mis ojos y me acerco hasta él. Siento su suspiro de luz agitando mi cabello. Mi mente se ilumina, un calor ideal cosquillea en mis venas. Lo supongo cercano. Me abraza. También lo abrazo y las plumas de su espalda se deshacen en mis manos. Nos besamos. Me olvido. Te encuentro.
Me acerco esperanzado en que sólo sea un sueño tu encuentro con el ángel. ¿Cuántas veces te habíamos advertido del peligro? Infinitas. No escuchaste, no comprendiste el riesgo.
Me siento culpable. Hace dos horas uno de ellos detuvo su vuelo sobre la plaza del Sol. Aterrizó en el anfiteatro y agitó con fuerzas sus alas, dejando escapar viejas plumas. Los niños -que nada saben de estas cosas- corrieron jugando a recogerlas. Sus madres los retaron. Ví que algunos escondían en sus ropas astutamente los restos del grandioso plumaje. Por fortuna el cuidador juntó las que quedaban en bolsas de las que van directo a los crematorios. Era hermoso ver como hacía para introducir plumas naranjas, amarillas, azules, verdes y rojas sin tocarlas. Lo bello de la escena me extasió, olvidándome. Un olvido pasajero, mucho menor al de las miradas y los besos. Cuando me recordé una hora había pasado y el aire estaba poblado de ángeles. Te busqué para rescatarte, sé lo ingenua que sos, ingenua hasta el punto de descender por el ojo del ángel hasta el olvido. Y ya ves, tenía razón, lo habías visto.
Entro mi mirada en la tuya y, como esperaba, veo que no estás. La no-existencia te ha capturado, no sabés de palabras, de silencios, de plumajes. No vivís más que tu cuerpo sin sentir. Tu alma dá al vacío esencial.
Invento una solución. Te abrazo, te beso, te transmito el calor de mi vida pero vos continuás fría. Sonrío pero seguís ciega a mis sensaciones. Tus ojos no son semillas y contemplan las sombras de lo que será sin saberlo.
Traigo un espejo. Lo coloco frente tuyo para que te veas. La ausencia de esencia te carcome. Me desespero.
Busco el ángel que te olvidó. Lo encuentro a la entrada del cine, despegando las sombras de sus dueños. Tiemblo. El introduce extrañas melodías en mi mente, tratando de confundirme. Cierro mis ojos y me acerco hasta él. Siento su suspiro de luz agitando mi cabello. Mi mente se ilumina, un calor ideal cosquillea en mis venas. Lo supongo cercano. Me abraza. También lo abrazo y las plumas de su espalda se deshacen en mis manos. Nos besamos. Me olvido. Te encuentro.
1.1.06
Alegres se agitan las hojas porque el viento
no se olvida de ellas. La rama entera canta.
De esa comunión el sol es cómplice
y delicados se posan sus rayos sobre el árbol
para alimentarlo.
Eco también son los pájaros
que giran alrededor de la copa, que entran y salen,
que se posan el las ramas y les hacen coro.
De tanta alegría una hoja se emborracha
para caer en nuestras manos
enamoradas en la sombra.
no se olvida de ellas. La rama entera canta.
De esa comunión el sol es cómplice
y delicados se posan sus rayos sobre el árbol
para alimentarlo.
Eco también son los pájaros
que giran alrededor de la copa, que entran y salen,
que se posan el las ramas y les hacen coro.
De tanta alegría una hoja se emborracha
para caer en nuestras manos
enamoradas en la sombra.
29.12.05
Palillo y cerilla enamorados
Palillo queria a Cerilla
con un amor muy vehemente.
Amaba su delgadez
que veia muy ardiente.

Entre Palillo y Cerilla
¿puede arder una pasión?
Así fue. Y en un segundo
ella lo volvió carbón.

Tim Burton - La Melancolica Muerte De Chico Ostra
con un amor muy vehemente.
Amaba su delgadez
que veia muy ardiente.

Entre Palillo y Cerilla
¿puede arder una pasión?
Así fue. Y en un segundo
ella lo volvió carbón.

Tim Burton - La Melancolica Muerte De Chico Ostra
27.12.05
Percepciones futuras

La chica que sentada en el banco espera tiene la seguridad de que él vendrá por consiguiente no tiene angustias; se distrae imaginando el transcurso del encuentro como si se tratase de un sueño o de un cuento de hadas. Aún antes de la hora acordada lo vería llegar acercándose con rumbo hacia dónde lo está esperando. Ella se alegraría de sobremanera al verlo; inmediatamente se pararía y se dirigiría con premura a su encuentro. El se sorprendería al encontrarla; se imaginaba llegando aún antes que ella. Se saludarían cortésmente y comenzarían a caminar apenas deslizándose por el camino que bordea el arroyo. La tarde estaría muriendo pero el calor propio de la tarde de primavera todavía no empezaría a diluirse. Sería todo como un tierno sopor: habría mariposas volando a su alrededor y como una brisa que del arroyo vendría para acariciar sus rostros. Sería todo una felicidad arraigándose en sus almas, provisoria. Detrás de ellos, en el cielo, pequeños estallidos señalarían la aparición de las primeras estrellas, en el instante en que sus sombras se acercarían hasta confundirse.
26.12.05
24.12.05
22.12.05
sensé o la agonía en un idioma

cantando o cayendo/ esperad/
deliciosos ojos en su mano/ destino
callado deseado/ la húmeda danza
de grises agonizantes/ sensé/ la
lluvia/ sensé/ la esperanza/ que persiste de
himnos a pesar de mi alma/ eco de
inalcanzables dioses terrestres/ globos
miserables de arena que flotan apenas desinflados
entre las complejas inmensidades de un nombre
en el destierro/ sensé/ entre los
barruntos límites de un idioma/ sensé/ entre
las inmensidades barruntas de un idioma/ aquello
dulzura que baja del cielo recién deshecho/ la
señal clara de mi esperanza/ Oh incomprensible!/ de
oír tus vendajes por estas llagas/ sensé/ de
distribuir verdades por estos lares/ dolor
vivo del alma/ espuma en mi boca
que quiere decirte amor/ estaca de recuerdos
apenas soñados/ entre la espesura tiniebla
de tu sinceridad//
20.12.05
15.12.05

Cuentan que cuando la querella de Atreo y Tieste, hijos de Tántalo, a raíz de la herencia del vellocino de oro, Saturno, por dar razón a Atreo, hizo cambiar el orden de salida y de la puesta del sol y los demás astros, de suerte que entonces se ponían del punto en donde ahora salen y salían de donde hoy se ponen. En ese tiempo, es decir antes del cambio de orden en los astros, los hombres eran hijos de la tierra y no nacían unos de otros.
Platón, fragmento de "El político"
10.12.05
En la ribera el murmullo. Si te alejás ahí se queda, no se anima a seguirte. Si pasás la ribera y te adentrás en el agua también te abandona. Su lugar está en la costa. Su música mínima como una red cubre el espacio, y lo vuelve espeso, rabioso. Va transformando el propio aire. Y crea su propio clima.
De la propia música presencias brotan, invisibles, que entre el agua y la tierra van bailando. En colores su rastro dejan, impalpable, sobre la arena. Y el brillo en el atardecer es múltiple.
Brillo, baile, música se abrazan, sus ramas se van enredando cada vez más, cada vez con más fuerza, cada vez con más ganas. El abrazo se vuelve nudo, nudo que sangra, que chilla, que clama. En el abrazo rojo el temblor golpea de suerte y después repite y como en eco repite por siempre. Sobre el abrazo latiente la sangre enredada es carne, es músculo, es cuerpo. Cuerpo con voz, con ojos, que mira, que explora, que sabe. Y en la voz que sabe, en los ojos claros que miran la tierra y el agua, la presencia tímida florece en plumas su cabeza, que no vuelan, no, que sólo huelen dulce.
De la propia música presencias brotan, invisibles, que entre el agua y la tierra van bailando. En colores su rastro dejan, impalpable, sobre la arena. Y el brillo en el atardecer es múltiple.
Brillo, baile, música se abrazan, sus ramas se van enredando cada vez más, cada vez con más fuerza, cada vez con más ganas. El abrazo se vuelve nudo, nudo que sangra, que chilla, que clama. En el abrazo rojo el temblor golpea de suerte y después repite y como en eco repite por siempre. Sobre el abrazo latiente la sangre enredada es carne, es músculo, es cuerpo. Cuerpo con voz, con ojos, que mira, que explora, que sabe. Y en la voz que sabe, en los ojos claros que miran la tierra y el agua, la presencia tímida florece en plumas su cabeza, que no vuelan, no, que sólo huelen dulce.
9.12.05
si que se aprende del amor...
sí, Calamaro siempre tiene razón:

Tuyo siempre
Si alguna vez no me vuelven a ver,
porque a mi como a todos se me olvida,
algo va a quedar adentro tuyo siempre,
algo que yo te deje alguna vez.
No importa si no venis conmigo,
este viaje es mejor hacerlo solo,
yo te voy a recordar todos los dias,
porque un amor asi nunca se olvida.
Te seguiria por todas partes y volveria a la ciudad,
si me das, otra oportunidad,
de volver a empezar, porque antes
quiero darte cada uno de mis instantes,
nunca mas voy a mentir de nuevo,
porque no voy a olvidarte nunca mas.
Si alguna vez no me vuelven a ver,
porque a mi como a todos se me olvida,
algo va a quedar adentro tuyo siempre,
algo que yo te deje alguna vez.
Y volveria por todas partes para encontrarte y preguntarte,
si me das otra oportunidad.
Va a ser mejor que empiece a olvidar,
porque queda mucho tiempo por delante,
algo va a quedar adentro tuyo siempre,
algo que yo te deje alguna vez,
porque no voy a olvidarte nunca mas,
porque yo no te voy a olvidar.

Tuyo siempre
Si alguna vez no me vuelven a ver,
porque a mi como a todos se me olvida,
algo va a quedar adentro tuyo siempre,
algo que yo te deje alguna vez.
No importa si no venis conmigo,
este viaje es mejor hacerlo solo,
yo te voy a recordar todos los dias,
porque un amor asi nunca se olvida.
Te seguiria por todas partes y volveria a la ciudad,
si me das, otra oportunidad,
de volver a empezar, porque antes
quiero darte cada uno de mis instantes,
nunca mas voy a mentir de nuevo,
porque no voy a olvidarte nunca mas.
Si alguna vez no me vuelven a ver,
porque a mi como a todos se me olvida,
algo va a quedar adentro tuyo siempre,
algo que yo te deje alguna vez.
Y volveria por todas partes para encontrarte y preguntarte,
si me das otra oportunidad.
Va a ser mejor que empiece a olvidar,
porque queda mucho tiempo por delante,
algo va a quedar adentro tuyo siempre,
algo que yo te deje alguna vez,
porque no voy a olvidarte nunca mas,
porque yo no te voy a olvidar.
8.12.05

no se aprende nada. el amor nos golpea dentro, nos lleva de las narices, nos arrastra. y por más puro que éste sea, siempre es poco, y apenas nos alejamos de quien amamos, vuelve el temor, el abandono, la locura...
no se aprende nada del amor???
no se aprende nada
porque cuando te deja
un ratito
uno vuelve a tener mieditos
uno es seguro adentro del amor
y cuando está con quien ama
el amor a la distancia
duele...
29.11.05
Percepción en los ocasos -cuento-
Tenía yo veintiocho o veintinueve años. Me había quedado sin trabajo y eso no podía importarme: estaba en un período en el que no se piensa, sólo se siente, en el que las cosas pasan como si formaran parte de una película y no de tu propia vida. No hacia más que levantarme temprano para escaparme de casa antes de que padre tuviera oportunidad de atraparme con discursos que -él suponía- harían de mí una persona de provecho. Las más de las veces me iba caminando hasta el centro, solía llegar a la plaza Rivadavia alrededor de las nueve y cuarto. Casi siempre me sentaba en el mismo banco. Ahí leía algo o no más miraba subir al sol. Regresaba a casa para almorzar y tirarme a dormir la siesta. Ni bien anochecía volvía a salir.
Los días de lluvia tomaba el micro y me iba a pasear por galería Visión 2000 o visitaba algún amigo -lo cual, además, me proporcionaba los placeres de un segundo desayuno.
Fue en uno de esos días en que Paula llamó a casa. Yo estaba durmiendo siesta y su llamado me despertó. Debo acotar que no hay nada que me moleste más que el que me despierten de la siesta. De mal humor atendí, pese a que Paula aún me dolía. Su voz me enterneció al punto. Me pidió que vaya a verlo presuroso, que me necesitaba. Al cortar me descubrí despierto y asombrado, no tanto por el pedido sino por el hecho de que acudiera a mí luego de tanto tiempo. Me vestí a las apuradas y fui en bicicleta hasta su casa, esto es a unas cuarenta o cuarenta y cinco cuadras de la mía. En menos de quince minutos estaba ahí. Al llegar me sorprendió que la puerta de calle estuviera abierta. De todos modos toqué timbre y, como era de esperar, nadie atendió, así que apoyé la bicicleta en el marco de la puerta y entré. Adentro estaba todo oscuro, aparte de la puerta todo estaba cerrado. Intenté encender las luces pero fue en vano. Recorrí las habitaciones con miedo, como adivinando lo que habría de encontrar. A tientas llegué hasta el dormitorio más lejano y allí la encontré, llorando.
Pero disculpe mi bárbara exposición. Usted lo que quería saber era qué le había pasado a Paula y no mis peripecias. Vayamos al grano. Claro que hace tiempo de lo ocurrido, tanto que la memoria se me escapa -usted sabe que me estoy refiriendo y por eso no se lo voy a explicar. De todos modos le diré que antes que yo, Augusto César Moreno, tuviera tiempo de gritar o correr, ella me miró con esa carita tan linda que tiene. He dicho que la casa estaba a oscuras, en ésta habitación un poco de claridad se filtraba a través de unas ranuras en las ventanas. Eso me alcanzaba para distinguir los contornos de las cosas. Así fue que pude darme cuenta que la habitación había sido vaciada: no había muebles, ni cortinas, ni posters en las paredes; nada, sólo el cuarto vacío y Paula atada a una silla, llorando. De pronto como que me reconoció y dejó de llorar, bajó la vista y dijo, con una voz que jamás le había escuchado: “Te quiero, aunque no lo entendás”. Yo, mismo que un payaso, me puse a saltar y dar volteretas por el cuarto con una agilidad desconocida en mí y que sorprendería hasta a la mismísima tía Eugenia -y eso que ella no es de sorprenderse fácilmente.
Entretanto Paula había cambiado el semblante, ahora daba miedo verla, había empezado a sudar en demasía, parecía como que se estuviera hinchando, las ataduras se iban ajustando cada vez más a su cuerpo. Sus labios húmedos y pesados se movieron con lentitud para decir: “Que lejos parecen estar los días en que creíamos estar salvándonos”, con una voz de ceniza que se multiplicó en el cuarto, incesante. Yo no sabía que hacer, se me antojaba liberarla de esas ataduras que lastimaban su cuerpecito, pero algo me daba a entender que Paula estaba cómoda con esa situación. Quise hacerle una pregunta, hablarle de cualquier cosa, y de mi boca salieron burbujitas que explotaron suaves delante de su rostro. Eso la hizo reir.
Después me dijo: “Acercate ¿Te acordás que vos querías un himno de mis ojos?”. “Sí”, le contesté mientras me acercaba viendo como las cosas cambiaban y ahora estábamos frente a su casa, en otro tiempo, ella sonriendo mientras enmarcaba sus ojos con las manos. Y el cuarto volvía a cambiar en otra cosa siempre distinta, en todos los recuerdos o sueños que tuve de ella jamás. Y siempre cambiar hasta que todo quedó en un pantano en el que estábamos enterrados en cápsulas de vidrio. Me movía lentamente entre el lodo queriéndome liberar de la cápsula. Así andaba contorsionándome como gusano, esforzándome por llegar donde Paula. Todo parecía lejano y difuso, me creía incapaz arrastrando pesadísimas cadenas. Y el pantano se tiñó de rojo, era una inundación de sangre, ella se encontraba pariendo a través de sus manos destrozadas (el volumen parido escapó ágil de la madre y en el acto trató de pararse para luego caer dando llamaradas de fuego y morir, cosa que yo no esperaba, tornándose un coágulo deforme y pegajoso chorreante). A todo esto ella repetía en el inmóvil sol secreto de sus labios podridos y agusanados la frase: “Que lejanos parecen estar los días...”, como si eso la salvara, como si las palabras sirviesen de algo estos tiempos de Dios y las lágrimas apagasen el dolor de estas llagas en mi cuerpo. Me sentía cada vez más helado, cada vez más paralizado, como si también mi sangre se estuviera perdiendo. Llagándome a matar mi vientre reventó manchando todo contorno de un amarillo-verdoso increíble. Sentí desinflarme, toque la nada cuando no hubo tiempo y en las espaldas el dolor como de algo queriendo nacer me obligó gritar al perder mi forma como un aguaviva derritiéndose al sol. En ese momento ella pidió mis ojos como ofrenda y yo se los di, orgulloso. Ella los tomó (¿Con sus manos? ¿Con sus piernas? ¡No! Con su cabeza, acomodándolos con su cuello entre el mentón y el pecho) y se los comió gustosa antes de preguntar: “¿Qué se habrá hecho de las causas perdidas? ¿A dónde irán a parar las banderas destrozadas?”, e incendiarse completamente como un sol y ascender por los aires mientras yo simplemente me convertí en una mancha informe en el piso de su cuarto que ella borró con el solo poder de su belleza al cantar “La pulpera de Santa Lucía” y volverse más linda que nunca con ese ardor en los dientes que invita a los ocasos a danzar detrás de las cortinas.
Los días de lluvia tomaba el micro y me iba a pasear por galería Visión 2000 o visitaba algún amigo -lo cual, además, me proporcionaba los placeres de un segundo desayuno.
Fue en uno de esos días en que Paula llamó a casa. Yo estaba durmiendo siesta y su llamado me despertó. Debo acotar que no hay nada que me moleste más que el que me despierten de la siesta. De mal humor atendí, pese a que Paula aún me dolía. Su voz me enterneció al punto. Me pidió que vaya a verlo presuroso, que me necesitaba. Al cortar me descubrí despierto y asombrado, no tanto por el pedido sino por el hecho de que acudiera a mí luego de tanto tiempo. Me vestí a las apuradas y fui en bicicleta hasta su casa, esto es a unas cuarenta o cuarenta y cinco cuadras de la mía. En menos de quince minutos estaba ahí. Al llegar me sorprendió que la puerta de calle estuviera abierta. De todos modos toqué timbre y, como era de esperar, nadie atendió, así que apoyé la bicicleta en el marco de la puerta y entré. Adentro estaba todo oscuro, aparte de la puerta todo estaba cerrado. Intenté encender las luces pero fue en vano. Recorrí las habitaciones con miedo, como adivinando lo que habría de encontrar. A tientas llegué hasta el dormitorio más lejano y allí la encontré, llorando.
Pero disculpe mi bárbara exposición. Usted lo que quería saber era qué le había pasado a Paula y no mis peripecias. Vayamos al grano. Claro que hace tiempo de lo ocurrido, tanto que la memoria se me escapa -usted sabe que me estoy refiriendo y por eso no se lo voy a explicar. De todos modos le diré que antes que yo, Augusto César Moreno, tuviera tiempo de gritar o correr, ella me miró con esa carita tan linda que tiene. He dicho que la casa estaba a oscuras, en ésta habitación un poco de claridad se filtraba a través de unas ranuras en las ventanas. Eso me alcanzaba para distinguir los contornos de las cosas. Así fue que pude darme cuenta que la habitación había sido vaciada: no había muebles, ni cortinas, ni posters en las paredes; nada, sólo el cuarto vacío y Paula atada a una silla, llorando. De pronto como que me reconoció y dejó de llorar, bajó la vista y dijo, con una voz que jamás le había escuchado: “Te quiero, aunque no lo entendás”. Yo, mismo que un payaso, me puse a saltar y dar volteretas por el cuarto con una agilidad desconocida en mí y que sorprendería hasta a la mismísima tía Eugenia -y eso que ella no es de sorprenderse fácilmente.
Entretanto Paula había cambiado el semblante, ahora daba miedo verla, había empezado a sudar en demasía, parecía como que se estuviera hinchando, las ataduras se iban ajustando cada vez más a su cuerpo. Sus labios húmedos y pesados se movieron con lentitud para decir: “Que lejos parecen estar los días en que creíamos estar salvándonos”, con una voz de ceniza que se multiplicó en el cuarto, incesante. Yo no sabía que hacer, se me antojaba liberarla de esas ataduras que lastimaban su cuerpecito, pero algo me daba a entender que Paula estaba cómoda con esa situación. Quise hacerle una pregunta, hablarle de cualquier cosa, y de mi boca salieron burbujitas que explotaron suaves delante de su rostro. Eso la hizo reir.
Después me dijo: “Acercate ¿Te acordás que vos querías un himno de mis ojos?”. “Sí”, le contesté mientras me acercaba viendo como las cosas cambiaban y ahora estábamos frente a su casa, en otro tiempo, ella sonriendo mientras enmarcaba sus ojos con las manos. Y el cuarto volvía a cambiar en otra cosa siempre distinta, en todos los recuerdos o sueños que tuve de ella jamás. Y siempre cambiar hasta que todo quedó en un pantano en el que estábamos enterrados en cápsulas de vidrio. Me movía lentamente entre el lodo queriéndome liberar de la cápsula. Así andaba contorsionándome como gusano, esforzándome por llegar donde Paula. Todo parecía lejano y difuso, me creía incapaz arrastrando pesadísimas cadenas. Y el pantano se tiñó de rojo, era una inundación de sangre, ella se encontraba pariendo a través de sus manos destrozadas (el volumen parido escapó ágil de la madre y en el acto trató de pararse para luego caer dando llamaradas de fuego y morir, cosa que yo no esperaba, tornándose un coágulo deforme y pegajoso chorreante). A todo esto ella repetía en el inmóvil sol secreto de sus labios podridos y agusanados la frase: “Que lejanos parecen estar los días...”, como si eso la salvara, como si las palabras sirviesen de algo estos tiempos de Dios y las lágrimas apagasen el dolor de estas llagas en mi cuerpo. Me sentía cada vez más helado, cada vez más paralizado, como si también mi sangre se estuviera perdiendo. Llagándome a matar mi vientre reventó manchando todo contorno de un amarillo-verdoso increíble. Sentí desinflarme, toque la nada cuando no hubo tiempo y en las espaldas el dolor como de algo queriendo nacer me obligó gritar al perder mi forma como un aguaviva derritiéndose al sol. En ese momento ella pidió mis ojos como ofrenda y yo se los di, orgulloso. Ella los tomó (¿Con sus manos? ¿Con sus piernas? ¡No! Con su cabeza, acomodándolos con su cuello entre el mentón y el pecho) y se los comió gustosa antes de preguntar: “¿Qué se habrá hecho de las causas perdidas? ¿A dónde irán a parar las banderas destrozadas?”, e incendiarse completamente como un sol y ascender por los aires mientras yo simplemente me convertí en una mancha informe en el piso de su cuarto que ella borró con el solo poder de su belleza al cantar “La pulpera de Santa Lucía” y volverse más linda que nunca con ese ardor en los dientes que invita a los ocasos a danzar detrás de las cortinas.
22.11.05
Mi hermana, mi papá, mis vecinos

Todo nos marca. Mi hermana -que la tuve- murió
cuatro días antes que yo naciese -eso fue en Bariloche-.
Por fotos y diapositivas la conozco.
Nunca me expliqué su muerte.
Ese día hacía frío -me dijeron- y ella estaba como resfriada
y se ahogó
con sus propios mocos. Papá
la estaba cuidando. Al verla agitarse
la tomó entre sus brazos y sin saber qué hacer
corrió hacia el hospital. Ella llegó muerta. Por mucho tiempo
mis papás lloraron su muerte -era la primer hija- y se culpaban.
Cuando después aprendieron el simple ejercicio
que desahoga los pulmones se persiguieron aún más.
Ella no cumplió el año.
Al yo nacer ella ya era nadie pero su fantasma
siempre me hizo sombra. La beba que conocí en las imágenes
siempre fue la más hermosa.
Se llamaba Solange de las nieves, y la nieve
que un día encendió su rostro
luego cubrió su tumba. Más de una vez la imaginé a mi lado,
fuerte, cálida, segura, protegiéndome, contándome secretos,
peleándome, pero eso no pudo ser.
Mucho después, ahora ya en bahía,
teníamos vecinos con lo que -vaya a saber uno por qué-
estábamos peleados: discusiones tontas,
insultos porque nosotros -que éramos chicos-
jugábamos cerca de su vereda o tirábamos la pelota en su patio.
No nos hablábamos. Así las cosas una noche
la vecina llegó asustada. En sus brazos tenía
al más pequeño de sus hijos que con la cara violeta
se esforzaba en respirar. Pedía ayuda. Rápido papá
agarró el auto y subiéndolos corrió al hospital.
Lo acompañé. En el viaje él iba dando instrucciones
de eso que se llama primeros auxilios. Y el nene
vomitando una flema espesa y verde, volvió a respirar.
Los dejamos en el hospital. Papá no dijo nada.
Nuestra vecindad no mejoró por esto.
Todavía las pelotas que caen en su patio se pierden,
y la vecina se queja por los ladridos del perro,
porque pisamos su vereda,
o porque la miramos mal.
17.11.05
Trabajos

Fui niño. En el patio de la escuela
tuve el umbral de una puerta donde en los recreos
me sentaba y leía solitario. A veces miraba el cielo
y las nubes eran gigantes que caían sobre mí y me aplastaban.
Hoy nadie me diría niño. Al tomar el ladrillo
y depositarlo sobre la mezcla, al trazar la línea en el plano,
al firmar documentos creo riqueza y soy compensado por ello.
Mas todavía busco la soledad y me olvido en libros.
El paso del tiempo no enseña, apenas si me golpea
con su vara para domarme y volverme tímido.
El trabajo aja las manos. El calor endurece la espalda.
En invierno las heridas no cicatrizan, se rajan
volviéndose cada vez más profundas.
La cal se entremete en ellas y el ardor
es tanto que se olvida.
También el borde del papel lastima
dejando heridas invisibles que con suspenso
se van poblando de sangre. Todas las heridas dejan cicatrices.
Cada día se ensaña conmigo, y al irse se lleva algo.
Poco dejan. Al verme en el espejo nunca me encuentro igual.
La carne se vence, los dientes se caen, el cabello pierde su color
y me abandona. Por dentro me voy pudriendo.
Sólo puedo dormir cuando tengo los músculos agotados
por el trabajo. Mirándolas con calma
esas nubes todavía me asustan. El paraíso se ha perdido.
15.11.05
el que cuando ve llorar...

no se si a ustedes les ha pasado, pero a mi sí, y es muy raro. iba caminando por el centro de ésta mi ciudad -Bahia Blanca- pensando en puras pavadas, como hago la mayoria del tiempo, y acaso un poco contento, porque despues de la lluvia de ayer el sol iluminaba con ganas. sí, la vida era hermosa en ese momento. pero he aqui que cuando cruzo la calle veo -sentada en una cabina de telefonos, con la mano apoyada contra el vidrio, dirigiendo su mirada hacia mi, como pidiendo ayuda- a una perfecta desconocida llorando. miles de veces he cruzado la mirada con gente que no conozco y que acaso jamás conoceré, y eso no ha significado nada. pero ese llanto, esa mirada reclamandome ayuda me arruinó la mañana. y ya no pude disfrutar del día. y me sentí como un perfecto cobarde por no haber entrado al locutorio a ofrecerle un auxilio que de seguro le hubiera sido inútil.
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